Valencia, creatividad en bruto

De que Valencia es una ciudad creativa a mí no me cabe ninguna duda. La ciudad ha sido uno de los centros neurálgicos de mayor importancia del Mediterráneo a lo largo de toda su historia. Conocida como tierra de músicos y cuna de Blasco Ibáñez, sus playas han sido escenarios de algunos de los mejores cuadros de Sorolla.  Pero no seguiré el argumento en esta línea ya que grandes artistas los han tenido todas las regiones de España.

Sin  embargo, me gustaría, aprovechando las fechas en las que  no encontramos, hacer una pequeña reflexión acerca de las Fallas, la fiesta más famosa de la ciudad y el claro ejemplo de esa creatividad de la que tan a menudo hablamos.

La tradición fallera tiene diferentes teorías en cuanto a su origen. Mientras unos dicen que se trata de la continuación de una fiesta pagana para dar la bienvenida a la primavera, otros hablan de la quema de las sobras de los carpinteros para rendir culto a San José. En cualquier caso, la evolución de la festividad muestra la capacidad valenciana de hacer comedia o parodia de forma muy original sobre la actualidad de “la terreta”, como dicen los propios valencianos. Indudablemente, hay que tener talento para reírse de uno mismo y de lo que sucede alrededor. Cuando este talento se acompaña de una o varias manifestaciones creativas,  se eleva a la categoría de arte, y esto es, exactamente, lo que no falta en Valencia.

La fiesta, que se ha convertido en uno de los iconos turísticos, no ya solo de Valencia, sino de España en su conjunto, desprende originalidad e ingenio por cada uno de sus poros.

Fotografía de Ana Ropero

La construcción de cada uno de los monumentos falleros lleva un año de trabajo detrás. Se trata de la representación escultórica con rasgos satíricos y burlescos de la actualidad. Como cualquier expresión artística transmite la realidad de un entorno. Además se acompañan de carteles explicativos que dejan más clara la sorna que se esconde detrás de cada uno de estos monumentos. En algunas ocasiones, se acompaña de un llibret (documento escrito que explica la falla) que no carece de calidad literaria.

Fotografía de Ana Ropero

En las Fallas, además, confluyen otros tipos de arte muy asociados a la cultura tradicional valenciana. El culto al fuego se hace patente también en las demostraciones de los maestros pirotécnicos de la ciudad en las mascletás y los castillos nocturnos. Mientras que las primeras estimulan el oído , los segundos la vista. En cualquier caso, es un arte sensorial que ha sufrido procesos creativos no sólo artísticos, sino también tecnológicos, al introducir la ejecución electrónica, que asegura lograr una mayor precisión con los ritmos.

También en el diseño de los trajes falleros y en su confección existe un enorme componente creativo. La evolución del propio traje y de las telas y ornamentos que se utilizan en él, es otra clara muestra de la historia del territorio y la labor de sus artesanos.

Sin embargo, y pese a toda la creatividad que se desprende de cada una de las actividades que rodean a las Fallas, una de las críticas que más he escuchado de los visitantes a ellas, es su carácter privado. Mientras que la ciudad se viste de fiesta, en ocasiones los que la visitan se sienten poco partícipes de ellas. Valencia cuenta en estos días con la expresión más importante de su cultura y con la llegada de miles de turistas, una clara oportunidad para crear un recuerdo único e identitario en sus asistentes. Y aquí me gustaría lanzar una pregunta, ¿no sería interesante desarrollar un producto turístico creativo en torno a ellas?

Imaginemos por un momento abrir los talleres falleros a los visitantes en jornadas de puertas abiertas, ofreciéndoles la posibilidad de participar activamente en la elaboración, si no del monumento, de una recreación en miniatura que puedan llevar consigo. Pongámonos en el caso de descubrir el funcionamiento de la electrónica que se utiliza para las mascletás y los castillos en un lugar controlado y seguro. Asimismo, sería interesante conocer las particularidades que entraña el tratamiento de las telas y poder participar en su elaboración en trabajos, por ejemplo, de patchwork, que están tan de moda hoy en día.

Las Fallas ofrecen una gran oportunidad para la creación de productos creativos y diversificados, orientados a diferentes públicos y, teniendo en cuenta la extensa duración de la preparación del evento, capaces de ser ofrecidos a lo largo de todo el año, creando una unión entre los valencianos, su cultura y los turistas.

 

 

 

¿Y si la música entra en el territorio del turismo?

Ya se sabe que las artes, en general, suelen ser grandes atractivos turísticos. Sin embargo, parece que unas han sido más susceptibles de desarrollo que otras. Creo que la literatura es el arte que el turismo ha sabido exprimir más para configurar productos en torno a él. Todos conocemos rutas literarias o teatralizadas. A mi, particularmente, este tipo de experiencias turísticas me gustan mucho. Es una forma original de conocer un destino. Pero, aunque me gusten, creo que hay otros recursos creativos que se nos están olvidando.

Y en este caso, me refiero a la música. Siempre me he preguntado qué es lo que pasa con ella en turismo. ¿Por qué no suele formar parte de los productos turísticos? Es más, ¿por qué no existe apenas bibliografía relacionada con la música y el turismo? Dejando de lado los festivales y casos como el de Liverpool, Nueva Orleans o Bayreuth, muy pocas son las veces que la música forma parte de la experiencia turística y de la investigación. Y, sin embargo, yo como turista, siempre estoy dispuesta a ir a un concierto. De hecho, uno de los viajes que más disfruté fue a Dublín porque escuché música en directo cada noche.

Así que me puse a investigar sobre el tema y descubrí algunas cosas muy interesantes.  Para empezar, la música ha formado parte del turismo desde siempre. En el Grand Tour, allá por los siglos XVII y XVIII, era parte de la cultura que se debía adquirir durante el viaje. Cuando el turismo se convirtió en ocio, los destinos se encargaron de que la música fuese una de las actividades del mismo, con la organización de bailes y conciertos.

La realidad no es otra que la música siempre estuvo muy presente en el turismo, pero desde una posición muy discreta. Y si aún no estamos de acuerdo, pensemos en cuantas canciones asociamos a un destino porque han tenido una gran presencia en un viaje…  ¿a que hay más de una?

Pero además, la música es un pilar indiscutible de la cultura, se desarrolla con los pueblos y cuenta su historia. Es, además, uno de los recursos artísticos más susceptibles de procesos creativos. Desde su composición hasta su distribución está en continua evolución y es muy tolerante con las fusiones y la interacción con otras actividades creativas para su diseño.

Por si esto no fuera suficiente para tenerla en cuenta, la música en directo hace que el oyente se involucre con lo que está sucediendo, con el lugar dónde está y con la gente que está viviendo lo mismo que él. La música, además, es el arte más popular que existe. A todo el mundo le gusta uno u otro tipo y, según las estadísticas, es una de las actividades culturales en la que más se participa en España y Europa, de forma activa o pasiva.

Y es que, como se dice popularmente, la música amansa a las fieras, y no sólo revitaliza destinos, sino que se usa como estrategia para luchar contra la delincuencia. Escuchaba el otro día en la radio que es la apuesta de algunas ciudades, como Montreal, ciudad canadiense que está haciendo un gran esfuerzo en el desarrollo de su creatividad, y el resultado es el de una ciudad vibrante con una gran oferta cultural, musical y escénica.

Pues como leí en un artículo de Lucy Henke, quizás sea el momento de prestar atención a la banda sonora de los destinos e introducir la música en la configuración de sus productos creativos y culturales…

Los Erasmus viajan por la fiesta… ¡y por mucho más!

Si el turismo idiomático merece respeto, cuando éste se refiere a los Erasmus, ya no despierta tanta simpatía. Que si son cutres y no gastan, que si sólo quieren salir de fiesta y emborracharse, que si no se enteran de nada ¡vamos que el Eramus parece ser el heredero del sueco retratado en las películas de Pajares y Esteso!… Y sin embargo, todo el mundo, si no lo ha hecho, reconoce que le habría encantado vivir esa experiencia… ¡Eso sí! Cuando se hace esa confesión, la experiencia Erasmus toma un cariz más cultural y menos irresponsable: “es muy enriquecedor” o “se aprende mucho”  o “te ayuda a ser más independiente”… ¿Soy la única que detecta una cierta hipocresía?

Pues aquí va mi opinión. EL estudiante Erasmus es, sin lugar a dudas, el turista creativo por ANTONOMASIA, y esta afirmación la hago con conocimiento de causa y para hacer caer algunos falsos mitos:

  • El Erasmus viaja con un motivo principal, que es el del aprendizaje. Aunque continúa su formación universitaria, el principal aprendizaje es el del idioma del país que visita.
  • Es un turista que no sólo busca ser partícipe del destino, sino que quiere formar parte de la comunidad que lo acoge. El Erasmus quiere ser miembro activo de toda serie de tradiciones, costumbres y saraos que se desarrollen en la ciudad en la que está. Y se involucrará tan enérgicamente como se le permita en cada una de ellas. En todo este proceso también hay un aprendizaje y familiarización con la culturilla autóctona.
  • Desarrolla sus capacidades artísticas y creativas a través de cada una de las actividades de aprendizaje que realiza en el destino. Como mínimo, cuando acabe ese período de Erasmus, sabrá preparar un plato típico del sitio donde ha estado y hablar algo del idioma.
  • Crea un vínculo emocional con el territorio y con los habitantes. El recuerdo que le quedará de este viaje formará parte de su vida y lo llevará como parte de su formación. De hecho, ¡incluso lo pondrá en su CV! Así que hará publicidad del destino en cada entrevista de trabajo que tenga. Y es que, el Erasmus crecerá a nivel personal en el destino y lo hará suyo.

Pero además de que, efectivamente, no creo que haya ningún turista que case tan perfectamente con la definición de creativo, voy a desmentir otras afirmaciones que he oído sobre él.

El estudiante Erasmus, de cutre nada, ha viajado bastante y sabe lo que vale su dinero. No les vamos a dar gato por liebre. Estos estudiantes no se privan de nada en su estancia. Si lo que les ofrecen lo vale, lo harán. Los Erasmus dan mucho valor a la fiesta, para qué vamos a engañarnos, pero también consumen otras actividades de ocio (restaurantes, bares, conciertos), cultura (museos, monumentos, lugares emblemáticos…) y deporte. Durante su estancia viajan a otros destinos.  Traen a otros turistas que vienen de visita. Es un turista que viene y se queda muchos meses, ¿no queríamos desestacionalizar? Pero además, el Erasmus de hoy es el economista, el médico o el ingeniero de mañana que tendrá una opinión sobre lo que vivió en su Erasmus y si le gustó regresará siendo un profesional independiente…  ¿No habría que plantearse qué se les está ofreciendo? a mi no me cabe duda de que es un nicho muy goloso…

¿Qué es el turismo creativo y por qué está de moda?

El turismo creativo es un término que está muy en boga entre los profesionales del turismo. Cada vez encuentro más información sobre él y está más presente en la prensa del sector, en los blogs especializados y como estrategia de los destinos. Sus precursores fueron Greg Richards y Crispin Raymond y el término nació en el año 2000.

¿Que en qué consiste? Parece responder a la evolución del turismo cultural hacia una experiencia turística más participativa. Entonces… ¿es turismo experiencial? Ya estamos con el problema de siempre en turismo: ni los “turistólogos” nos aclaramos con la terminología del sector. Tal y como yo lo entiendo, lo es y no lo es. Sí que lo es, porque implica una experiencia única del turista en destino. Y no lo es, porque tiene algunos matices que lo hacen de especial consideración:

1. El turista desarrolla su capacidad artística y creativa a través de un aprendizaje.

2. Hay una vinculación específica con el territorio.

Pero, vayamos a lo que interesa, ¿por qué está tan de moda? Pues, por un lado, el nombre mola. Ya hemos comentado que la creatividad, en nuestra sociedad, es una cualidad tan admirable como lo era el honor del caballero en la época medieval. Así que todo lo que lleva la coletilla de creativo, de entrada, parece estar bien.

Pero, además, y éste es el aporte verdaderamente interesante, parece ser una vía de desarrollo relativamente barata y sostenible (al no depender de elementos tangibles) y al tener esa vinculación con el territorio, ofrece oportunidades de desarrollo para el local, haciendo de él una pieza clave de la composición como embajador de su tierra.

Así que el turismo creativo, en principio, parece ser una solución muy interesante para los destinos y las empresas de los mismos. Ofrece oportunidades de reinvención y la entrada de muchos nuevos actores en el juego turístico.

Son muchos los destinos que se van poniendo al días con sus estrategias y productos creativos y, desde aquí, también nosotros iremos actualizándonos en cuáles son las ofertas más interesantes…